Tres Segundos

Regresábamos de un breve viaje en familia; mi novio iba manejando, yo iba como copiloto, mi sobrino viajaba en su silla de bebé, mi hermano a su lado y mi cuñada en la tercera fila de la camioneta.

Yo venía mirando hacia el frente cuando vi aparecer un caballo blanco en el segundo carril de la carretera y al instante exclamé sobresaltada “¡un caballo!”. Mi novio instintivamente buscó moverse al carril de la izquierda y pudo hacerlo, pero el caballo siguió avanzando en dirección a nosotros, como si algo lo llamara hacia nuestro vehículo. Estando a unos cuatro metros de distancia de nosotros el caballo alzó las patas delanteras preparándose para saltar (pareciera que encima de nosotros) y súbitamente se desvió, pasando a nuestro lado.

Hay momentos en la vida en los que parece que alguien aumentó la velocidad del video, son esos que suceden “en un abrir y cerrar de ojos”. Supe que yo había alertado sobre el caballo porque me lo dijeron, pero la realidad es que no lo recuerdo porque quedé pasmada mirando atónita lo que estaba pasando.

Tres segundos habrían bastado para que un tranquilo viaje en carretera desembocara en una tragedia.

Entendí lo que había pasado al tiempo en que las piernas me comenzaron a temblar. Aún comentábamos lo ocurrido cuando comencé a sentir ganas de llorar, sentí compasión por el caballo y el destino que tuvo, pero agradecí a Dios por habernos protegido, y así salvarnos de un accidente.

La vida nos quiso recordar la fortuna de estar vivos y eligió enviar el mensaje galopando hacia nosotros.

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