La Pausa

En los últimos días he evitado llegar a la esquina de mi mente en la que el miedo rige y los pensamientos se tornan tristes.

Sigo intentando procesar lo que está ocurriendo. Una parte del mundo está en una pausa, obligada o voluntaria, mientras que otra parte del mundo está en una carrera en contra del tiempo, de la enfermedad e, incluso, en contra de la muerte.

Hay momentos en los que quiero dejar de ver noticias y abstraerme un poco de lo que está sucediendo, pero la realidad es que no se puede permanecer en una posición ajena a lo que acontece, no se puede mirar el sufrimiento, la desesperación y la tragedia de otros habitantes del planeta sin que el alma duela.

Casi todos los días algo que escucho, leo, veo o pienso me saca las lágrimas, y me permito llorar, porque sé que son días duros, pero también sé que son días que me están regresando a mi lado más humano, que me acercan a mi familia y a las personas que quiero.

Este virus nos ha hecho ver que la peor desgracia de la humanidad es la soledad, pues no importa cuánta riqueza o conocimiento hayas acumulado durante tu andar si al final del día no tienes con quién compartirlo.

Tal vez algún día miremos hacia atrás y veamos que este virus enfermó al mundo para curarlo, para aliviarlo de la falta de amor al prójimo, de la pérdida de empatía y sensibilidad, de la poca apreciación por la vida.

Me duermo cada noche extrañando abrazos, añorando reuniones con mi familia y con mis amigas. Por ahora no puedo más que recurrir a los rezos para rogar al cielo que esto pase pronto y, mientras eso ocurre, quiero seguir pensando que esto es una pausa, porque deseo con el corazón que haya un reinicio, un después, una continuación…

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