Lo Más Difícil

Lo más difícil de decirte adiós fueron los días siguientes a la despedida, los días en los que la gente se fue y el teléfono dejó de sonar. Lo más difícil fue intentar abrirle la puerta a la rutina, que pedía con urgencia regresar, y darme cuenta de que la vida ya no era igual.

Más difíciles aún fueron aquellos días en los que la mente me hizo una mala jugada y pensé en acudir a ti para preguntarte algo; darme cuenta de lo absurdo de mi pensamiento era un golpe duro. La posibilidad de hablarte se había agotado, y la muerte es tan tajante que no admite negociaciones ni segundas oportunidades.

Pasan los años y sigo intentando encontrar señales tuyas, mensajes en tus cartas, historias en la memoria. Mis anécdotas favoritas de escuchar son las que recuerdan tu enorme corazón y tu calidad humana, pero también me gusta encontrarte en las historias en las que puedo distinguir tus miedos e imperfecciones.

No quiero olvidarme de ti, por eso te escribo, por eso te pienso, por eso te platico. Si pudiera pedirte un favor te pediría que no te olvidaras de mi, de nosotros, te pediría que nos acompañaras siempre, que me guiaras cada día.

Y cuando nos volvamos a encontrar, el dolor del adiós desaparecerá al mirarte y poder decir:

¡Te extrañe tanto papá!

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