Santiago de Compostela (Tercera Parte)

Debo admitir que para escribir sobre este capítulo de mi vida he vuelto a leer los correos electrónicos que enviaba a mi familia pues tristemente he olvidado algunas cosas. Y para favorecer a la memoria, también recurrí a ver fotos de ese tiempo. La fotografía me encanta porque, al igual que la escritura, es una manera de capturar lo vivido, de inmortalizarlo.

Lo que sí que recuerdo bien es el primer día de clases en Santiago. ¡Disfruté tanto poder ir caminando a la universidad! Una caminata de cinco minutos separaba mi casa del salón de clases.

Al principio acepté el reto de tomar una clase en gallego, sin embargo bastaron unas cuantas clases para darme cuenta de que no le entendía al maestro ni la mitad de lo que decía ya que hablaba demasiado rápido.

Recuerdo que me llamaba mucho la atención lo respetuosos que eran los alumnos con los maestros, vaya, no es que en México faltemos al respeto a quien imparte la cátedra, pero es muy común que los alumnos participen en la clase y hagan preguntas. Incluso en una clase que tomábamos varios alumnos de intercambio el maestro comentó que el acento de todos los que participaban era un acento extranjero, y que le asombraba la apatía que mostraban los alumnos locales.

Lo que sí reconozco es que los alumnos gallegos son autodidactas. No entendía muy bien por qué dos o tres meses antes de los exámenes finales la biblioteca de la universidad extendió su horario hasta las 3 de la madrugada. No obstante, entendí la razón cuando tuve en mis manos el primer examen semestral.

He de decir que la experiencia del intercambio no está completa si no hay fiesta. Claro que ahora que lo pienso era un abuso de mi parte asistir los martes a las fiestas de Erasmus (alumnos europeos de intercambio). Lo que me impacta es que, después de la desvelada, muchas veces logré estar a la mañana siguiente en clase.

Dejar de transportarme en automóvil fue una de las cosas que mas disfruté porque me permitió caminar muchas calles de la zona nueva y de la zona vieja o casco histórico de Santiago de Compostela, el cual en 1985 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

Durante el intercambio tuve la fortuna de poder viajar dentro de Galicia, de ir a la Pamplonada, de conocer Portugal, Barcelona y de recorrer Andalucía en un viaje en automóvil que bien se merece una publicación especial en mi blog.

Me llenó de alegría saber que mi hermanito David iría a visitarme unos días y que juntos viajaríamos a Milán, Roma, París y Madrid (ciudades que también ameritan que escriba para rememorarlas). Aparte de la emoción que me generaba conocer nuevos lugares junto a mi hermano, me emocionaba mucho poder enseñarle mi piso, mi habitación, mi universidad, la Catedral de Santiago, el Parque de la Alameda y todos los lugares que yo disfrutaba tanto.

Después de los días increíbles que compartí con David llegó el día de decir adiós. Yo no sabía que la despedida en el aeropuerto de Santiago iba a ser igual de difícil que la despedida en el aeropuerto de México.

Una vez más tomé ese autobús que separa la terminal aérea del centro de Santiago y esta vez lo hice con los ojos llenos de lágrimas y el corazón estrujado…

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