Otro 19 de septiembre en la Ciudad de México, un año más en el que sabíamos que antes del medio día sonaría la alerta sísmica para llevar a cabo un simulacro y así conmemorar el terremoto que 32 años antes cimbró la capital mexicana. Lo que no sabíamos era que un par de horas después de que concluyera ese mega simulacro habríamos de enfrentarnos a otro terremoto que cobraría cientos de vidas.

Empiezas tu día de forma normal sin saber que antes de que caiga la noche habrás vivido uno de los episodios más horribles de tu existencia. Empiezas tu día sumido en una rutina que te impide dar gracias por otro amanecer. Y entonces la vida te sacude, entonces sientes la más profunda angustia, el temor a que ese sea el fin de tus días, el miedo a perder a tu familia.

El brusco movimiento provocó que en cuestión de segundos la calle se llenara de personas que lograron salir de donde se encontraban, el sonido de la alerta sísmica era acompañado de las plegarias de quienes pedíamos que dejara de temblar, de quienes rogábamos a Dios que nos cuidara y nos protegiera.

De inmediato escribí con manos temblorosas un mensaje de texto para preguntar a mi familia cómo estaba y para avisar que, afortunadamente, yo estaba bien. En cuanto el suelo dejó de moverse emprendimos acelerados el regreso a casa, avanzamos unos metros y vimos un edificio que colapsó cubierto en una nube de polvo. Fue como si me echaran un balde de agua helada encima. En ese momento comencé a dimensionar la magnitud de lo ocurrido, acababa de suceder una verdadera tragedia. Sentí un hueco en el estómago al no saber nada de mi familia.

Mientras tanto en la radio transmitían los primeros reportes de los daños, la pesadilla cada vez se sentía más real. Las horas que le siguieron al sismo pasaron lentas. Creo que muchos temíamos que llegara la noche, pero temíamos aún más volviera a temblar.

Con los sentimientos a flor de piel, los videos y las imágenes de las redes sociales que mostraban la respuesta del pueblo mexicano ante la emergencia me conmovieron hasta las lágrimas. Aún hoy me conmueven demasiado.

Este 19 de septiembre no fue un día más, este 19 del noveno mes dejó hondas heridas en nuestro país.

Mucho había escuchado del terremoto de 1985, sabía que la sociedad civil se había movilizado de una forma impresionante para rescatar a quienes habían quedado atrapados bajo los escombros de las construcciones que se derrumbaron, pero fue hasta ese trágico martes cuando entendí el significado pleno de la solidaridad de los mexicanos.

Para mí fue asombroso ver a tantas personas dispuestas a ayudar, tantas personas dirigiéndose hacia las zonas más afectadas, corriendo, en moto, en bicicleta o en auto. Se me enchina la piel con sólo recordarlo. Vi camiones de redilas llenos de personas con cascos, palas y picos. Vi personas de todas las edades y de todas las clases sociales, vi enfermeras, vi doctores, vi albañiles, vi policías, vi civiles. Vi a mi México unido.

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